sábado, 24 de enero de 2009

RAZONES POR LAS CUALES NO VUELVO A COMER PAPAS REJILLAS

Yo solía trabajar en un supermercado de esos chiquitos que venden de a poquito y quedaba más o menos cerca de casa. En realidad creo que por eso elegí insistir en el supermercadito ese, porque queda cerca de casa, a diferencia del Wálmar ese o como se diga que está muy lejos. Había mucha gente que me quería convencer de ir a ese más grande, y entiendo porqué si es enorme, tiene aire acondicionado, te dan una especie de uniforme y encima ahí es como que la gente compra de todo, llena los changuitos, en cambio en el supermercadito no, compran más bien al día, o sea una leche, un poquito de pan, un yogurcito como mucho. Es como que en el Wálmar te sentís más copado. Pero yo tengo la filosofía de mi vieja que no quería caminar tanto, entonces iba al que está cerca de casa, el que atiende la japonesita. Yo, igual que mamá tampoco quiero caminar tanto, entonces me dije “voy a insistir en el supermercadito de la japonesita”, y entré, me aceptaron. Está bueno el trabajo, pero más que nada mi vieja esta chocha y feliz de la vida porque camina poquito para hacer los mandados y además me visita a mí. Igual no le puedo prestar mucha atención y charlarle mucho porque me distraigo y el jefe que a veces está por ahí medio que se enoja.

Lo del jefe es de otro cuento. Un cuento aparte. Con final feliz en realidad. Mi jefe es uno de esos jefes viste que tienen como treinta y pico, no mucho más que uno, y la pegaron una vez, pusieron un mercadito que no les lleva mucho trabajo, le pagan poco a los empleados y entonces ganan mucha plata, están poco en el lugar y se la pasan medio que de joda. Es uno de esos tipos mi jefe que siempre tiene una latita de cerveza en la mano. Se hace el piola y cuando se acerca me dice “eh Julito ¿querés un poquito o quedás borrachito?” Porque ya sabe por mi vieja que una vez se la cruzó que me dicen así.

Lo que no les conté es que a mi me gusta el Play Station muchísimo. Pero si le conté a mi jefe, y el guacho medio que se aprovechó. Una vuelta vino al supermercadito disfrazado de jugador del Milan de Italia, con todo el uniforme original, así que le pregunto si le hacía a la pelota, pero el tipo me contesta que así se visten con los amigos cuando se juntan entre todos a jugar al Play Station, entonces saca de un bolsito la más última de todas, la número cuatro sónica, que salió solamente en Estados Unidos y él se la compró allá. Saca el bolsito, lo abre, y pela la consola. Se instala en la parte de atrás del supermercadito en dónde hay un cuartito que dice que es la oficina, pero la usa también de depósito. A me pareció por la cara, que planeaba mostrarme como disfrutaba del juego mientras yo seguía esclavo ahí. Pero así son las cosas de la vida que ni bien enchufa el transformador se da cuenta de que se equivocó y el aparato empieza a echar más humo que el 57 viejo ramal a Moreno que pasa por el frente de casa. Mi jefe ni me importaba pero un poco me dio pena ahí en el momento el aparato y el pobre del chofer del 57 que me acordé de cómo lo putean cuando pasa porque claro hecha tanto humo que le ensucia la ropa a la hippie de la feria americana, le llena de mugre las verduras al verdulero, mancha todas las sillas de maderas sin barnizar que tiene el tipo de la mueblería en la vereda y un poco que cuando pasa el guaso fulmina la economía del barrio digamos. Y no tiene la culpa pobre de que el coche esté en ese estado y andando.

Igual creo que me desvié, porque les iba a contar de porque razones no como más papas rejillas y es porque una vez volvía del supermercadito, llegué a casa cagado de hambre y abrí unas papitas rejillas que había en la mesa de la cocina. No solo que me vomité todo sino que no pude salir con los pibes el único día libre que tengo en la semana. Así que aguanten las papas bastón carajo.



Carta de Julito Carabata para “Cosas que manda la gente”

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